Y en esto, los dos personajes se dirigieron hacia la calle de San Francisco, por la Plaza Vieja, deteniéndose un instante junto á la esquina del Puente, en la cual había un vistoso cartelón, recientemente pegado, anunciando, para después de varios ejercicios olímpicos, la segunda ascensión aerostática del intrépido Mr. Juanny.

Mr. Juanny era un muchacho, casi imberbe, director de una desmantelada compañía ecuestre, que trabajaba los domingos en Santander, en un lóbrego corral, ante un escaso público de criadas, soldados y raqueros. La primera ascensión, por cierto en una tarde fría y lluviosa de abril, tuvo para el valeroso aeronauta el éxito más desgraciado.

Henchida la remendada mongolfiera en medio del circo, y sujeta al suelo, del que distaba más de veinte pies, por dos delgadas é inseguras cuerdas, Mr. Juanny comenzó á trepar por otra suelta del centro, para alcanzar el trapecio que en el espacio le había de servir de columpio; pero al oscilar el globo con el peso del aeronauta, rompió las cuerdas que le sujetaban, y rápido se lanzó á las nubes, cuando aún distaba del trapecio el pobre muchacho más de ocho pies. Para el público no tuvo el lance aquél nada de particular: creyó de buena fe que el ir Mr. Juanny agarrado á la cuerda era un alarde más de su agilidad y de su impavidez; sólo su familia, que era toda la compañía, y él, comprendieron lo terrible de la situación: la primera lo manifestó bien pronto con lágrimas de desconsuelo; y por lo que hace al segundo, según la relación que de boca del mismo oímos, conociendo mejor que nadie el espantoso peligro en que se hallaba, trató, lo primero, de llegar hasta el trapecio; pero la rapidez con que ascendía el globo le impedía adelantar un solo palmo. Como la cuerda era larga, al salir del circo se enredó entre las ramas de la Alameda vieja, y por un momento creyó Mr. Juanny que había desaparecido el peligro; mas, para mayor desconsuelo, las débiles ramas cedieron al empuje del globo, y aquel desdichado no tuvo otro remedio que acudir á su valor y á su destreza. Agarróse, pues, lo mejor que pudo á la cuerda, y dejó á la Providencia lo demás. Entre tanto, las manos se le habían desollado, sus fuerzas se debilitaban por instantes, y cada vez hallaba más irresistible la violencia con que el globo parecía que trataba de desprenderse de él. Las casas, los objetos que en furioso torbellino pasaban á su vista, le mareaban en aquella angustiosa situación: perdió al fin el conocimiento, y maquinalmente siguió todavía agarrado á la cuerda. Un instante más y no había remedio para él. Pero afortunadamente la mongolfiera era muy vieja, y á pesar de los remiendos que tenía, iba perdiendo gas á cada instante por sus muchas rendijas; cedió al fin al peso del aeronauta, y descendió rápidamente, cayendo una legua adentro de la bahía, y á más de media del barco más próximo. Ya era tiempo. Mr. Juanny sólo conoció que se hallaba en el agua, cuando su frialdad le sacó de su estupor. Mas el nuevo peligro era insignificante comparado con el que acababa de correr. El globo, aún henchido, flotaba como una enorme boya: agarróse, pues, á él y esperó. Por mucha prisa que se dieron los tripulantes de algunas lanchas que le vieron caer, las dos primeras que hasta él llegaron, á toda fuerza de remo, tardaron un cuarto de hora.

Mr. Juanny desembarcó al fin en el Muelle, entre su familia y un inmenso concurso, desolladas las manos y tiritando de frío, pero sereno y risueño como si nada le hubiera sucedido.

Hecha esta ligera digresión, que bien la merece el asunto por su histórica terrible gravedad, volvamos á nuestros conocidos.

Pertenecen éstos por patrón, edad é instinto al pequeño grupo de figuras reglamentadas que son indefectibles en toda población, y sobre las cuales pasan en vano los años y las revoluciones: alguna arruga de más, algún cabello de menos, son los únicos rastros que deja el tiempo sobre estos seres: traje, costumbres y alimento siguen siendo para ellos los mismos que los del año en que se plantaron, hasta la hora de su muerte; porque ésta, siendo producida generalmente por una aplega fulminante, ó por otro torozón cualquiera, no les atormenta con sus preludios, ni les altera en lo más mínimo, durante la vida, el metódico sistema de ella. Egoístas y avaros por naturaleza, temiendo adquirir compromisos ó arriesgar su dinero, sólo toman del mundo aquello que el mundo echa á la calle, bien porque le sobra ó porque lo regala.

Por eso, su única biblioteca, en el capítulo de erudición, la constituyen los carteles de las esquinas, los prospectos volantes y los periódicos del café.

Sabido esto, y no olvidando el dramático suceso que acabamos de referir, excusado será decir á ustedes que leyeron con avidez el cartel de Mr. Juanny; que al separarse de la esquina, continuando su paseo, iban hablando con horror de tamaño atrevimiento; que calcularon y se concedieron recíprocamente el sitio en que, según el viento que reinaba, caería aquella tarde el aeronauta, y, por último, que decidieron ir á presenciar la ascensión; mas no se crea que al circo mismo, donde no habría bastante comodidad sobre costar el dinero, sino á los prados de la Atalaya, cuya elevación les permitía dominar los sucesos con la vista y respirar aires puros.

Cuando llegaron á San Francisco, discurriendo aún sobre el mismo tema, repararon que un corredor, muy conocido de ellos, se les acercaba á todo andar.

Al cruzarse con él no pudieron contener su curiosidad, y, á dúo, le interpelaron: