—¿Adónde tan de prisa?
—¿Han visto ustedes á don Pedro?—les preguntó, casi al mismo tiempo, el corredor.
—Ahora mismo acabamos de separarnos de él.
—¿Ha ido al escritorio?
—No, señor; á su casa... ¿Ha ocurrido alguna otra novedad?—añadió alarmado don Plácido, al ver cómo jadeaba aquel hombre.
—¿Según eso había ya una?
—¡Qué! ¿No lo sabe usted?
—Hombre, no; yo le buscaba para un negocio... y muy bueno.
—Pues, amigo—dijo don Crisanto en tono sentido,—de nosotros se ha separado de muy mal talante.
—Pero ¿qué tiene?