—El chico mayor muy malo,—exclamó don Plácido.
—¿De qué?—dijo sorprendido el corredor.
—De viruelas,—contestó solemnemente don Crisanto, y con la más profunda convicción.
—¡De viruelas!... Pero si ayer le he visto yo en el escritorio copiando una factura.
—Pues ahí verá usted,—observó don Plácido.
—¿De suerte—añadió el corredor,—que su padre no estará dispuesto á hablar de negocios?
—Figúreselo usted,—contestaron los dos amigos.
—Pues ¡cómo ha de ser!... paciencia, que lo peor es para él... Adiós, señores, y gracias.
—No hay de qué: vaya usted con Dios.
El agente, desesperanzado de hacer el negocio, emprendió una marcha más lenta que la anterior; y mustio y cabizbajo, se internó en la calle de San Francisco.