Los dos amigos continuaron su paseo hacia la Alameda.
Habrán extrañado al lector los progresos de la enfermedad del hijo de don Pedro, ó habrá creído, á pesar de lo que le he dicho acerca de don Plácido y don Crisanto, que éstos trataban de dar un bromazo al corredor. Nada de eso. Ni el carácter, ni la posición, ni la edad de estos señores se prestan á la broma: tienen cincuenta mil duros cada uno, y un siglo cumplido entre los dos. Pero sobre algunas otras manías á que consagran todos los desvelos que no necesita la administración del milloncejo, les esclaviza y atormenta la de adquirir noticias, cualesquiera que ellas sean; y no por el placer de saberlas, sino por el de propalarlas; pero de propalarlas de manera que interesen y exciten bien la curiosidad del público. Esto no podrían conseguirlo siempre, porque los datos adquiridos, algunas veces no lo dan de sí. Por eso, ocurrido un suceso cualquiera, le suponen el curso que les parece más natural, y con la mejor buena fe, le colocan en el término que más se acomoda á sus cálculos.—«Que esto ha de suceder, es infalible—dicen ellos;—pues contémoslo en seguida, porque después no tendría novedad, y, bien mirado, no faltamos á la verosimilitud». La calidad de la noticia es lo que menos les importa, ni las consecuencias que pueda producir su afán de exagerarla: haga ella efecto, coméntese, propáguese, y su amor propio se verá satisfecho.
No tuvieron otro origen las viruelas del hijo mayor de don Pedro.
El corredor, entre tanto, llegó á la Guantería, se sentó sobre el mostrador y comenzó á renegar de su suerte.
—Vea usted—decía,—hasta las epidemias conspiran contra mis intereses.
—Pues ¿qué sucede?—le preguntó un tertuliante de aquel establecimiento;—¿vuelve otra vez el cólera?
—¡Qué más cólera que no hacer un negocio en cuatro días?
—Como decía usted que la epidemia...
—Y lo repito: el mejor corretaje, acaso el único de toda la semana, acabo de perderle porque han entrado las viruelas en la casa.
—¿Hay algún comerciante con ellas?