—No, señor: un hijo.

—¿Quién es el padre?

—Don Pedro Truchuela.

—¡Caramba! ¡Aquel muchachón tan robusto está con viruelas?... ¿Y son de mala ley?

—Según me han dicho, con referencia á su padre, no lo cuenta.

—¡Qué lástima!

Y al exclamar así el ocioso, marchóse á la Plaza y refirió el suceso al primer conocido que halló á mano.

En los comentarios estaba ya, cuando la doncella de don Pedro, muy conocida del comentarista por su lindo palmito, cruzó hacia el Puente y entró en uno de sus portales. Al notarlo el ocioso, exclamó:

—¡Adiós, mi dinero! ¡ya van á llamar al cura!

—¡Cá!—dijo el otro sorprendido.