—¡Ave María purísima!—exclamaron los dos amigos.—Lo mismo que sospechábamos salió, desgraciadamente.

Y con cierto aire de satisfacción, por el buen éxito de sus presunciones, pues que no estaba en sus manos evitar la desgracia, y era ocioso afectarse por ella, se separaron del corredor, sin pasarles por la imaginación que ellos, y nada más que ellos, eran el origen, desarrollo y progreso de la enfermedad del hijo de don Pedro Truchuela.

II

Fieles como dos cronómetros, á las cuatro en punto de la tarde llegaron nuestros dos amigos á los prados de la Atalaya, y se colocaron en el más elevado de ellos para dominar mejor todos los incidentes de la ascensión del globo. Destacábase éste, henchido ya de humo, en el reducido circo de la Alameda, balanceándose sobre las cuerdas que le sujetaban, esperando á que le dieran libertad para lanzarse al espacio.

En instantes tan supremos, cuando la curiosidad de medio pueblo diseminado por aquellas praderas estaba fija en el aparato, el campanón de la catedral sonó, grave y acompasado, tres veces. Su lúgubre tañido no produjo el menor efecto en el ánimo de aquellos espectadores. Sin embargo, nuestros dos conocidos, aunque afanosamente ocupados en explicarse la teoría del espectáculo que á tales alturas les había conducido, suspendieron la discusión.

—¿Ha oído usted, don Plácido?

—¿Qué?

—Tocan á paso.

—Efectivamente: es por el hijo de don Pedro.

—¿Lo sabe usted con seguridad?