—¡Hombre, estando ya con la unción esta mañana!...

—Es verdad... ¡Pobre muchacho!... ¡tan joven!

—Al anochecer nos pasaremos por su casa para saludar á don Pedro y acompañarle en su dolor.

En esto se oyó un rumor infinito de hurras, aplausos y silbidos. El globo se elevaba majestuoso, arrastrando al joven aeronauta, vestido de artillero, y de pie sobre un cañón... de madera.

—¡Allá va eso!—dijo don Crisanto;—siempre te bañarás como la otra vez... Sospecho que cae en Maliaño... ¡Allí sí que no te salvas!

—Pues yo—repuso don Plácido,—creo que más acá se queda, según la dirección que toma.

—Como caiga en el agua, es lo mismo: el cañón le arrastrará al fondo... Le aseguro á usted, don Crisanto, que si tuviera facultades para tanto, suprimiría estos espectáculos... porque, desengáñese usted, son una barbaridad.

—¿Qué demonios le diré á usted, don Plácido?... Es preciso que haya de todo en el mundo.

—¿Y para qué hace falta esto? Para aumentar el número de huérfanos y de viudas, y para fomentar la vagancia: total, para molestar al hombre de bien y pacífico, y sacarle lo que, acaso, necesita para su familia... ó para su regalo; que ya que uno se lo ha ganado, nadie más que uno mismo tiene derecho á hacer de ello lo que le dé la gana.

—Todo lo que usted dice está muy en su lugar; pero repare usted que ese pobre volatinero brinca y salta, sube y baja y se remoja en la bahía cuando y cada vez que le da la gana, para ganar un miserable pedazo de pan, y que á nosotros no nos cuesta un cuarto. Ahora mismo, desde estos prados, le estamos viendo de balde, y por cierto, con más comodidad que los que han pagado su entrada en el circo. Desengáñese usted, el que no quiere y sabe ahorrar, no gasta un maravedí por más lazos que se le tiendan.