—No lo niego; pero concédame usted que, á veces, se complican las circunstancias de un modo... Sin ir muy lejos, ni acotar con muertos, el día en que este mismo sujeto estuvo á pique de ahogarse en la bahía, me hallaba yo, después del suceso, leyendo el correo en la botica; cuando á uno de esos filántropos que de todo el mundo se conduelen, porque no tienen otra cosa que hacer, y que había visto las desolladuras y contusiones que se hizo el volatinero, le da la gana de echar un guante para él entre todos los concurrentes al establecimiento, que sabe usted que no son pocos... Pues señor, ¿usted creerá que me sirvió de algo volverme de espaldas, hacerme el distraído, ni marcharme hasta el escaparate con la disculpa de que necesitaba más luz para leer el periódico?... ¡que si quieres! El muy importuno me siguió como si fuera mi sombra... y gracias á que, como de costumbre, yo no llevaba un ochavo sobre mí; que de otro modo, me cuestan la función del volatinero y la impertinencia de su protector, un par de reales, ó tal vez más.

—Pero, al fin, nada pagó usted, y siempre venimos á parar á que, amarrando bien, por más que tiren de uno, no le sacan un céntimo. ¡Buen cuidado me da á mí por todos los filántropos del mundo!... ¡sordo siempre! que oídos que no oyen, corazón que no siente... Pero se me figura que desciende el globo... y va á caer, como lo anuncié, hacia Maliaño.

—Mire usted que á esa distancia engaña mucho la vista.

Cuando poco después desapareció la mongolfiera detrás de la colina del Cementerio, los dos observadores bajaron á paso redoblado á la ciudad, y se encaminaron á la estación del ferrocarril, con el objeto de averiguar lo cierto del caso, pues el globo, á medida que bajaba, fué pareciendo más próximo, en línea horizontal, á los dos curiosos; tanto, que don Plácido, al perderle de vista, hubiera sido capaz de jurar que había caído en la Peña del Cuervo.

Andando, disputando y sudando el quilo, llegaron á la Pescadería, y preguntaron á un aldeano que hablaba sobre el suceso:

—¿Dónde cayó, buen amigo?

—Pus dí que se ha jundío en metá la canal.

—¡Fuego! ¿Oye usted, don Plácido? lo que yo temía.

Y siguieron más adelante.

Dos cigarreras daban grandes voces.