—No haga caso, señor: eso fué la otra vez.

—¡Toma! y es verdad. ¡Cómo se miente!

Las noticias adquiridas, si no eran cuanto podía apetecer la insaciable curiosidad de los dos amigos, cumplían en gran parte con los deseos de éstos, en la imposibilidad en que estaban, según los informes de la cigarrera, de acercarse al lugar de la catástrofe. De todas maneras, Mr. Juanny había perecido indudablemente, y muchas personas habían estado á pique de ser aplastadas por el tren.

—He aquí una cosa que yo no puedo comprender bien,—dijo don Plácido á su amigo, mientras los dos retrocedían apresuradamente, para dar pronta salida á sus frescas provisiones de noticias.

—¿Qué es lo que usted no comprende?—replicó don Crisanto.

—Que haya habido gente á pique de perecer. La vía (fíjese usted mucho en esto), en el sitio que nos han señalado, está completamente bañada por el mar, por ambos lados, y la marea está alta en este momento. Y una de dos: ó hubo gente ó no la hubo al llegar el tren. Si la hubo, y mucha, en lo cual convienen todas las noticias adquiridas, ¿en dónde se refugió cuando apareció de sorpresa la máquina?... porque hubo sorpresa, y la prueba está en que Mr. Juanny no tuvo tiempo para ponerse fuera del peligro... ¡como que pereció en él! Yo quiero suponer que las personas que le rodeaban, que eran muchísimas, atendiendo cada una á su propia salvación, se olvidasen del desgraciado, que tal vez cayó enredado entre las cuerdas del globo, ó se inutilizó al caer y no pudo moverse; al huir cada cual del tren que se aproximaba rápido, ¿se refugió en las orillas de la vía? Imposible, porque son muy estrechas... ó perecieron los de la primera fila indefectiblemente. ¿Se atropellaron unos á otros, y se salieron de la vía? En este caso cayeron al agua; y como no es probable que todos supiesen nadar, y se sabe que, en semejantes conflictos, el mejor nadador se ahoga arrollado por la multitud, el resultado es más horroroso aún que el de la primera suposición... En fin, don Crisanto, no me cabe duda alguna de que la escena debe haber sido espantosa. Y esto parece providencial después de lo que le dije á usted en la Atalaya sobre las consecuencias de semejantes espectáculos.

—Me deja usted aturdido—exclamó don Crisanto, que no había perdido una sola de las palabras de su amigo:—los argumentos son irrebatibles... Pero si tantas víctimas hubo, ¿cómo no se sabe nada de cierto?

—Muy sencillo, amigo mío: el juzgado estará instruyendo las diligencias de cajón; habrá detenido á los que salieron ilesos para tomarles declaración, y á los de fuera no se nos ha permido acercarnos allá: ¿por dónde, pues, se ha de haber sabido la verdad? Desengáñese usted, que se van á descubrir horrores.

Y penetrados ambos, pero con toda convicción, de esta trágica idea, continuaron Muelle adelante.

—¿Vienen ustedes de la estación?—les preguntó un conocido que hallaron al paso.