—Sí, señor.
—¿Y en dónde cayó?
—En mitad de la vía.
—¿Al pasar el tren?
—Desgraciadamente... y le ha partido por la mitad.
—¡Horror! ¿Es posible?
—Como usted lo oye... y no es eso lo peor, sino que entre la gente que se agolpó á verle, entre ahogados y aplastados pasan... tal vez de veinte.
—¡Santo Dios de misericordia!... ¿Pero ustedes lo han visto?
—Casi, casi. Las autoridades están allá, y el juez instruye las diligencias: por eso no se nos ha permitido ver á las víctimas, pero hemos oído los gritos y la bulla.
—Estremece pensarlo, señores... Corro á ver si logro adquirir más pormenores.