El buen señor partió, azorado, hacia la estación, mientras los noticieros, conmovidos, no de pesar por las víctimas que suponían, ni de remordimiento por la ligereza con que habían propalado una noticia tan grave y tan dudosa, sino de entusiasmo por el caudal de horrores que llevaban en la mollera, continuaron caminando á largos pasos, rojo el semblante, chispeante la mirada y diciendo con la fisonomía á todo el mundo:—«Pregúntenos usted, ó se lo contamos».

De esta suerte llegaron al café Suizo.

Media hora haría que estaban aterrando á un numeroso auditorio que se habían formado con sus trágicos relatos, cuando entró en el salón don Pedro Truchuela, acompañado de su hijo, el mismo que, según noticias, había fallecido aquella tarde.

Verlos entrar los dos amigos y atascárseles en la garganta las palabras que iban á dirigir al concurso, fué todo uno.

Repuestos algún tanto de la sorpresa, partieron ambos hacia don Pedro, y tomando la palabra don Plácido, le dijo, dándole la mano:

—Pero, señor... ¡cómo se miente en este pueblo! Si se nos había dicho...

—¿Qué?—le interrumpió don Pedro.

—Que estaba peor su chico de usted—añadió don Crisanto;—y ya vemos que, á Dios gracias, es mentira. Sea, pues, mil veces enhorabuena; y ojalá sirva esto de lección á los que con tanta ligereza se entretienen en propalar malas noticias.

—Mucho que sí,—murmuró don Plácido, un si es no es corrido y abochornado con la lección.

—Gracias, señores,—les contestó don Pedro, que lo que menos se imaginaba era el cisco que sus dos conocidos habían revuelto desde que los saludó por la mañana.—Afortunadamente este chico es fuerte, y cuando volví á casa me le encontré levantado y empeñado en que había de salir á la calle, lo cual no le consentí, porque en su estado no lo juzgué prudente; pero esta tarde, después de notar las buenas disposiciones con que comió, no he tenido inconveniente en que me acompañara á dar un paseo y á ver al mismo tiempo elevarse el globo.