—¿Desde dónde le han visto ustedes?—preguntaron anhelosos los dos embusteros.

—Desde los prados del Cementerio,—contestó don Pedro.

La ansiedad de los viajeros crecía por momentos.

—Según eso—exclamó don Crisanto,—¿estará usted al corriente de todo lo que ha sucedido?

—Como que lo he visto.

—Ya lo oye usted, don Crisanto, ¡lo ha visto!

—¿Y qué tiene de particular, señores?—exclamó don Pedro, á quien ya chocaban los gestos y el afán de sus amigos.—Nada más sencillo: cuando noté que el globo descendía, nos bajamos á lo largo de las tapias del Cementerio, hasta cerca de la vía; allí nos sentamos y le seguimos en todos sus accidentes, hasta que cayó.

—¿En dónde?

—En la cortadura del muelle de Maliaño, en el agua, pero á pocas varas de la escollera; así es que el aeronauta, con muy leves esfuerzos, salió á tierra firme inmediatamente... Lo hemos visto con los gemelos.

Los dos amigos se miraron estupefactos.