—¿Pero no cayó en la vía?—preguntó asombrado don Plácido.
—¿Pues no lo está usted oyendo?—contestó don Pedro.
—Luego no le ha cogido el tren, ni han perecido ahogadas y aplastadas otras personas...
—¡Ave María Purísima!—exclamó, santiguándose, don Pedro:—¿quién les ha engañado á ustedes?
—¡Conque es mentira!... Pero ve usted, don Crisanto, ¡cómo se miente en este pueblo!
Y don Plácido miró á su amigo con una expresión indefinible. Éste le contestó en idéntico lenguaje, y recordando entrambos sus recientes trágicos relatos, y notando que en algunas mesas vecinas se hablaba, con referencia á ellos, de la terrible catástrofe, despidiéronse de don Pedro y de su hijo como mejor en su aturdimiento supieron, y se echaron á la calle renegando, con la mayor sinceridad, del arte que se da el público siempre para desfigurar la verdad y sorprender la buena fe de los hombres de bien, como ellos dos, y exclamando, escandalizados, á cada instante:
—Pero, señor, ¡cómo se miente!