¡Dichosa edad, dichoso siglo XIX! ¡Tú, con tu ciencia, arrancaste á los pueblos de la barbarie de sus antecesores; tú, con la razón por bandera, redimiste á la humanidad del pecado de la estúpida ignorancia de nuestros abuelos! Ya no hay privilegios, ya no hay distancias, ya no hay razas, ya no hay fuertes ni débiles, víctimas ni verdugos. Las diversas naciones del mundo culto forman un solo pueblo; los hombres una sola familia; todos somos hermanos con una sola religión, la ciencia; con un solo gobierno, la virtud; con una misma riqueza, el trabajo. La antorcha de la razón, disipando las densas tinieblas de las viejas preocupaciones, ha transformado la naturaleza pensante. La razón es la luz, la razón es el pan, la razón es la Providencia, la razón es la famosa palanca que soñó el sabio. Yo digo que blanco, mi vecino que negro: he aquí la palanca. Demuestro yo mi teoría, sostiene el otro la suya: he aquí el punto de apoyo. Se la combato, me la protesta, se formaliza el debate, la discusión, que llamamos; he aquí que el mundo se tambalea, y que al fin acaba por dar la voltereta.

Resumen.—El talento es el árbitro soberano de la tierra.

Corolario.—Sólo los necios tendrán hambre, sed y frío.

Vamos á verlo.

Juan era todo un mozo modelado á la última (no quiero decirlo en francés). Admiraba la ciencia, adoraba la idea y respetaba el talento. Tenía fe ciega en el progreso moderno, soñaba con la perfectibilidad hasta el extremo de vislumbrar lo perfecto; creía en todo, de tejas abajo, porque todo cabía dentro de la razón; dudaba de todo cuanto debía dudar un hombre que creía como él creía, cuanto debía dudar un verdadero espíritu fuerte; dudaba, en fin, de tejas arriba, de todo.

Juan había mamado en sus libros favoritos la esencia pura de la flamante filosofía; y no llegó á ser un sabio completo, porque á la mitad del camino se halló huérfano y sin recursos.

Juan, en una palabra, era ilustrado y pobre, y tenía talento.

Cuando se vió solo en el mundo y abandonado á sus propias fuerzas, después de llorar las prendas queridas de su corazón, tuvo miedo á lo porvenir y decayó su ánimo; mas luego apeló á su razón, descubrió su ciencia, abrazóse á ella, y con el mayor entusiasmo exclamó: «El dolor me hizo ingrato contigo, mi noble compañera; juzgábame solo, y te encuentro á mi lado cicatrizando la herida que han hecho en mi corazón los santos efectos de la naturaleza. Bajo tu amparo no temo lo porvenir: tú me haces necesario. La sociedad es una cadena cuyos eslabones somos los hombres útiles y virtuosos. Para nosotros no hay favores; la sociedad nos debe su protección, porque la sociedad somos nosotros: la justicia es su ley, y la justicia ha destronado á la fortuna, que era, en épocas ominosas, el amparo de los necios, de los atrevidos y de los tiranos».

Pasáronse algunos días tras este arranque de entusiasmo. Juan consumió durante ellos los poquísimos restos de su miserable herencia, y la equitativa sociedad no se presentó á sus puertas pidiéndole ciencia á cambio de protección. Siguió el tiempo pasando; y como aquella señora no iba á buscarle aún, se resolvió Juan á salir á buscarla á ella. Indagó, encontróla al fin y se metió entre sus laberintos, pliegues y sinuosidades. Hízose el interesante, miró de frente, de reojo, al sol, al polvo, atrás, adelante... y nada: ni una sonrisa para él, ni una palabra cariñosa, ni una mano que estrechara la suya.

—¡Es natural!—pensó el iluso:—no me ha visto; no es hora aún. Esperemos.