—No trato á esa señora.

—Allí soy bien conocido.

—¿Como estudiante?

—Como buen estudiante.

—Pero como lo que yo necesito es un buen administrador... Beso á usted la mano.

Juan sufrió con resignación este nuevo desengaño, y siguió recorriendo, con el heroísmo del que no tiene que comer, todas las categorías del comercio y de la industria, buscando un pedazo de pan al precio de su trabajo. ¡Inútiles pesquisas! Cuando Juan no conocía el ramo á que se le destinaba, se le desechaba por inútil; cuando le conocía, no se le aceptaba por falta de responsabilidad; y ¡cosa rara! por todo se le preguntaba menos por aquello que constituía su orgullo: su talento.

Entre tanto, el hambre avanzaba á pasos de gigante; y el pobre teorista se vió tan apurado, que se decidió á pedir un puesto detrás del roñoso mostrador de un aceitero.

—Aquí—se dijo,—no se escrupulizará tanto en la cuestión de garantías; tampoco me rechazarán por incompetente; y pues sólo se trata de paciencia y humillaciones, yo procuraré ser un héroe de este género. De paso estaré más á la vista de la sociedad, que, al cabo, tomará en cuenta tan grande sacrificio.

Y salió resuelto á ejecutar su plan.

—¡Qué casta de hombre es usted—le dijo, al oirle, el grosero mercader, mirándole receloso,—que con ese traje y esa elocuencia se atreve á servir en mi casa?