—Un hombre acosado por la necesidad—respondió Juan,—que busca trabajo y no le encuentra; que tiene hambre y no quiere robar para comer; que tiene títulos universitarios y los vende por un pedazo de pan.

—Pues, amigo, usted sabe demasiado para vender jabón y aceite. Para luchar con mi parroquia necesito hombres de grasa, no de ciencia... Lo siento, pero no me conviene usted.

Este último golpe anonadó á Juan. Encerróse en su obscura buhardilla, renegó de la fatal casualidad, que le había conducido ante los poquísimos ejemplares del grosero positivismo que aún quedaba en medio de la llama civilizadora de la época; y así por entretener el hambre como para consolarse algún tanto de los reveses sufridos, se puso á escribir sobre el tema que le ofrecía su propia situación. Y con tanta fe escribió, con tanto ahinco, que en poco tiempo se halló con un volumen considerable.

—He aquí las ventajas de la ciencia—exclamó Juan con entusiasmo, después de leer y corregir su manuscrito.—Yo demuestro con argumentos irrebatibles que el hombre civilizado no debe, no puede tener hambre viviendo en sociedad, conocidas las bases sobre que ésta descansa hoy; bases que expongo con toda minuciosidad, y cuya exactitud nadie podrá negarme en el terreno de la razón... ¡Si yo publicara este libro! Y ¿por qué no? El buen éxito es seguro: mi teoría está en la mente del público; y si parezco algo atrevido, el triunfo será mayor: me argüirán, haré ruido, se hablará de mí... Me alegro ya de mis recientes contrariedades; sin ellas no hubiera emprendido esta obra, que tal vez está llamada á ser mi providencia. ¡Bendita sea la chispa civilizadora que inflamó la mente del hombre, para que brotara de ella el genio de nuestro siglo! Yo iba á ceder al peso de una aparente adversidad, y quizá seré mañana el ejemplo vivo de que el espíritu moderno se nutre de fuerza hasta en el egoísmo, en la ignorancia que aún viven entre nosotros; de que el fuego de la civilización purifica, como el de la naturaleza al oro, al hombre de las malas pasiones que le rodean y le manchan con su contacto.

Y ocultando cariñosamente el manuscrito en el seno, salió, radiante de entusiasmo, en busca de un editor, tributando de paso fervientes alabanzas á estos modernos industriales literarios, con cuyo auxilio popularizan sus creaciones los ingenios desheredados de la fortuna.

—Quisiera publicar un libro,—dijo al primer editor que halló al paso, después de saludarle afectuosísimo.

—No habrá inconveniente en ello—respondió el industrial,—si nos ponemos de acuerdo en los términos del negocio.

—Así lo espero.

—Veamos. ¿Quiere usted imprimir la obra por su cuenta?

—Carezco de recursos para ello. Desearía que usted me la comprara.