—Zarandeándole unos cuantos años en la prensa periódica de la corte. Pero ¿de dónde viene usted, santo varón? ¿No sabe usted que hay una sociedad de elogios mutuos entre los literatos, que se encarga de labrar reputaciones?
—¡Cómo ha de ser eso posible?
—Muy sencillamente. Usted escribe en el periódico A, y publica un trabajo literario, supongamos que con presunciones de jocoso. Yo escribo en el periódico B, y le reproduzco en él con el siguiente preámbulo: «Tomamos del periódico A la siguiente bellísima producción que nos ha hecho tendernos de risa, etc., etc., debida á la pluma del festivo é ilustrado escritor Fulano de Tal». Mañana, viceversa, escribo yo en el periódico B unas malas seguidillas con dejos sentimentales, y usted, reproduciéndolas en el A, asegura á sus lectores que le han hecho llorar, y que encierran más ternura que un puchero de lágrimas. Pasado mañana se pone usted á escribir del Chimborazo, y, pegue ó no pegue, encaja de vez en cuando un «como dice muy oportunamente el sensible escritor Zutano de Cual», etc., etc. Hablo yo de las Batuecas otro día, y cito una frase de usted, ó que la supongo de usted, anteponiéndola el adjetivo chispeante, feliz... Y de este modo una semana, y un mes, y un año, llega el público á hacerse tanto á nuestros nombres, que cuando le faltan en los periódicos, está inconsolable. Calcule usted qué hará este público el día en que aparece un libro nuestro, máxime después de haber dicho de él la prensa entera: «De un momento á otro debe ponerse á la venta la obra que acaba de imprimir el señor don Fulano de Tal. El nombre del autor es la mayor recomendación que podemos hacer del libro, á todas luces digno de tan privilegiado talento y de la protección del público, que tan familiarizado está con las producciones de la delicada pluma del señor Tal»...
—Pero, señor mío, si la obra es buena, no hallo del todo injustos esos elogios, ni los que usted ha dicho que se tributan mutuamente de periódico á periódico. Si la obra es mala, ¿no bastará ella á castigar la desvergüenza de su autor?
—No, señor, porque el público, en general, se paga mucho de lo que lee en la prensa periódica; y antes que asegurar que ésta no tiene razón, confiesa que él no lo entiende.
—Pero ¿dejará la verdad de brillar al fin y al cabo?
—Ésa es otra cuestión. Por de pronto, antes de que llegue ese caso, el bombo ha hecho efecto, los libros malos se han despachado como pan bendito, y el escritor de pega es popular, es decir, una reputación.
—Cualquiera que le oiga á usted creerá que no hay en España verdaderas glorias literarias.
—¡Dios me libre de negarlas! Lo que sí le aseguro á usted es que estas reputaciones que han rechazado, al nacer, la Sociedad de elogios, han sudado el quilo para formarse, y sólo á fuerza de años y de méritos han conseguido la consideración en que se las tiene. Cierto es que sus nombres no morirán jamás, y que los de artificio acabarán muy jóvenes; pero ésa no es cuenta para nosotros, los editores, que sacamos más jugo de las obras de relumbrón que de las de verdadero mérito. Por eso, al recibir un manuscrito, no leemos de él más que la portada.
—¿Luego usted está resuelto á no leer el mío?