Tratemos de formar con ellas un cuadro exacto y compendiado, de modo que de una sola mirada se aprecie el asunto en su verdadero valor; y con este objeto, examinemos el salón, reparemos lo que los concurrentes hacen, y escribamos el resumen de nuestras impresiones.
Hele aquí:
—«El baile es una república en que no tienen autoridad ni derechos los padres y los maridos sobre sus hijas y mujeres respectivas. Éstas pertenecen al público, que puede necesitarlas para bailar, al tenor de los siguientes dos preceptos:
Deberes de la mujer: Ésta, sin faltar á la buena educación, no puede negarse al que primero la solicite.
Derechos del hombre: El hombre es dueño de elegir la mujer que más le guste, y, ya en la arena, puede estrecharla entre sus brazos; poner en íntimo contacto con ella, por lo menos, todo el costado derecho, desde la coronilla á los talones; pisarle los pies, romperle el vestido y limpiarle el sudor de la cara con las patillas, si no con el bigote, sin faltar á las leyes de la decencia; pues contando con la agitación y la bulla de la fiesta, no es posible establecer un límite á los puntos de contacto, ni amojonar el cuerpo para decir al hombre: «aquí no se toca».
Nota.—Las anteriores prescripciones se observan rigorosamente, desde el hombre más feo y antipático, hasta la mujer más linda y exigente».
Repárese que en la tal república, donde el hombre tiene derechos tan peregrinos, la mujer no tiene más que deberes.
Creo que esta fidelísima fotografía que acabo de hacer del baile, completa sobradamente mi propósito.
Una observación en honor del hombre culto.—No hay padre ni marido que repare en enviar sus hijas y su mujer al baile; pero la sociedad se escandaliza el día en que una soltera atraviesa sola, de acera á acera, la calle en que vive.
Fundándome en mejor lógica, establecería yo la siguiente