«Jurisprudencia: Los padres y los maridos que proveen los bailes con sus hijas y sus mujeres, no tendrán derecho á ampararse á las leyes de la justicia ni del honor, en los casos de agravio... de mayor cuantía; se les negará la sal y el fuego, y, con un cencerro al cuello, expiarán su estupidez... de baile en baile».

Consignado así mi voto, no debo insistir en nuevas deducciones, y doy por acabada mi corta tarea.

Porque creo que se necesita mucho menos que sentido común, para condenar el baile bajo el aspecto puramente estético, y no hay necesidad de que yo gaste tinta ni paciencia en ello.

Un hombre de frac y chistera, máxime si peina canas, y una mujer bonita, muy prendida y remilgada, dando brincos como dos salvajes de Mozambique, sudando el quilo y sacando la lengua de cansancio, solamente los puede uno soportar delante sin echarse á reir, cuando considera... que el fin justifica los medios.


Ahora bien: ¿por qué escribo yo esto? ¿Aspiro á la austeridad del anacoreta?

No tengo, desgraciadamente, tanta virtud: me gusta la carne más que las raíces.

Si en el baile encuentro un filón de verdaderas gangas, ¿por qué, en vez de procurar su destrucción, no le exploto callandito?

Veamos si mis lectoras, cuyos pies beso á pesar de lo dicho, hallan la respuesta en la siguiente

MORAL DEL CUENTO