—Repito que no sé una palabra más de lo que de público se dice. Hay asuntos, como éste, que, sin saber por qué, me repugnan... Pero observo que ustedes me miran con recelo, como si me callara cosas muy graves.
—¡Hombre, no!
—Pues á mí se me antoja que sí; y, señores, yo soy muy delicado en ciertas materias: está por medio la reputación de una joven que puede lastimarse con una sola suposición injuriosa, y esto es bastante á mis ojos para que, en descargo de mi conciencia, me apresure á contar la verdad del caso, es decir, lo que á mí se me ha referido:—Saben ustedes que hace quince días tuve un golpe de sangre á la cabeza, por lo cual, ya repuesto, me ordenó el médico que paseara de madrugada cuando la temperatura lo permitiera. Salía yo esta mañana á cumplir este precepto, con el cual, por cierto, me va muy bien, cuando ¡plaf! tropiezo, al volver la esquina de la plaza, con doña Severa, que, como no ignoran ustedes, por parte de su difunto marido don Estanislao es prima política de la señora (que esté en gloria) de don Geroncio, y, por consiguiente, tiene motivos poderosos para estar al tanto de los asuntos particulares de esta familia, aparte de que á doña Severa siempre se la ha considerado mucho en aquella casa, por su capacidad y don de gobierno. Pues, señor, como daba la casualidad de que no veía yo á esta señora lo menos hacía... sí, ¡vaya! ¡yo lo creo!... lo menos... lo menos... quince días... ¿qué digo! aguárdense ustedes y perdonen: el día de San Lorenzo fué cuando la vi; estamos hoy á... veintitrés días justos hace que la saludé á la puerta de su casa... cabalmente tenía yo que preguntarla dónde había comprado una pasta para matar ratones, que ella usaba con gran éxito, y allí mismo me dió la receta de memoria, porque resultó que la tal pasta era invención suya, digo, de un choricero extremeño que se la confió en secreto por no sé qué favores que la debía... Pues á lo que iba: encuentro esta mañana á doña Severa, y—«¿Cómo está usted, señora mía?—la pregunto.—Bien; ¿y usted, don Fulano?—Pues para servir á usted.—¿Y la familia?—Tan buena, gracias... ¡Caramba, cuántos días hace que no la veo á usted!—Pues no he perdido una misa desde que no nos vemos. Precisamente es hoy el día en que debí haberme quedado en cama, siquiera hasta las diez.—Efectivamente: la encuentro á usted algo pálida y desmejorada.—Le aseguro á usted que no sé cómo me tengo de pie.—¿Se encuentra usted mal?—Mal, precisamente, no; pero ayer tuve un disgusto con la cocinera, y estoy sufriendo hoy las consecuencias. Figúrese usted que á mí me gusta mucho la merluza: pues, señor, la condenada (Dios me perdone) de la chica, dale con que había de traerme siempre abadejo. Chocándome, como era natural, tanta obstinación, pues yo sabía muy bien que no faltaba merluza en la plaza, indago por aquí, pregunto por allá, y averiguo ayer que la muy pícara daba todos los días las sobras del principio á un soldado, su novio, que se pela por el abadejo. ¡Imagínese usted cómo yo me pondría al saberlo!... Por supuesto que lo primero que hice fué plantarla de patitas en la calle, y tan de prisa, que la dije que volviera más tarde por el baúl y la cuenta. ¡En mal hora á mí se me ocurrió semejante idea! ¿Creerá usted, Fulanito, que, la muy sinvergüenza, se me presentó á las dos horas acompañada del soldadote para que éste repasara la suma, y que entre los dos me pusieron como hoja de perejil sobre si faltaban ó dejaban de faltar seis maravedís?—Nada me choca, doña Severa, de cuanto usted me dice, que algo parecido podía añadir yo de lo ocurrido en mi casa: el ramo de sirvientas está perdido.—¡Ay, Fulano, lo peor es que el de amas no está mucho más ganado!—También es cierto.—Vea usted á mi pobre primo Geroncio: ¡qué horas está pasando por causa de esa hija á quien ha mimado tanto!—En efecto, he oído anoche que esa chica ha roto, por un capricho, su proyectado casamiento.—¿Capricho, eh? ¡buen capricho me dé Dios!—Así se dice al menos.—Así se dice, porque de alguna manera decente ha de tapar la familia el pastel descubierto.—¿Luego ha pasado algo grave?—¡Gravísimo... Fulano!... y ya ve usted si yo lo sabré cuando he sido y estoy siendo el paño de lágrimas del desdichado Geroncio.—No lo dudo... Pero ahora caigo en que, siendo secretos de familia esos sucesos, estoy pecando de indiscreto al hacer ciertas preguntas.—De ningún modo, Fulano; usted es una persona muy decente, y hasta debe conocer esa clase de líos para ejemplo y escarmiento en el día de mañana, si se resolviera á casarse.—Usted me favorece demasiado, doña Severa.—Le hago á usted justicia, Fulano.—Gracias, señora.—Repito que no hay por qué darlas; y sepa usted (por supuesto, con la debida reserva) que si la boda de mi sobrina no se ha llevado á cabo, es porque el novio descubrió á última hora que la muy taimada había tenido un año antes relaciones íntimas, muy íntimas, entiéndalo usted bien, con un joven andaluz que estuvo aquí veraneando.—Pero ¿tan íntimas fueron, señora?—Tan íntimas, que faltando horas nada más para ir á la iglesia, se plantó el novio al conocerlas, y dijo que nones.—¿Luego no fué ella quien se opuso?—¡Qué había de ser, hombre!... eso se ha dicho para tapar»... Y etcétera, señores—añadió el narrador, con una sonrisita que apenas tenía malicia;—por ahí fué hablándome doña Severa, y lo que acabo de referir es lo único que, en substancia, hay de cierto sobre el particular.
—¡Que no es poco!—objetó un chismoso, con diabólica expresión.—¡Cuando yo decía que usted sabía grandes cosas!
—Hombre, si bien se mira, no es tanto como parece—continuó el suavísimo Fulano.—Y de todas maneras, señores, conste que lo he referido aquí en el seno de la confianza y teniendo en cuenta, además de lo que dije al empezar, que una cosa leve callada con misterio, autoriza á suponer otra muy grave: que la mayor parte de ustedes son padres de familia que no echarán el ejemplo en saco roto.
—¡Bravo!—exclamaron algunos oyentes casi enternecidos con este rasgo.
—Conque, señores, vuelvo á recomendar la reserva, y me voy á mis quehaceres,—saltó casi ruborizado el amiguito de doña Severa.
Y se marchó.
—¡Qué discreta observación!—dijo uno de los que se quedaron.
—¡Qué juicio tan aplomado!—añadió otro.