—¡Es un gran muchacho!—exclamaron todos

—¡Valiente infame!—dije yo, y era lo menos que podía decir, con esta franqueza que Dios me ha dado, largándome también, y sin despedirme, por más señas.

Nada se me contestó en el acto; pero me consta que, refiriéndose á mí, se dijeron luego en el corrillo primores como los siguientes:

—¡Qué víbora!

—¡Qué lengua de acero!

—Con veneno semejante es imposible que haya en la sociedad una sola virtud incólume.


Todos estos pormenores forman un detalle que no es de los menos típicos en los «buenos muchachos».

Veamos otros.

Detestan cordialmente todo cuanto no pertenece al gremio del cual son, según dicen, humildísimos miembros; y hablan con afectada lástima, pero con sincera indignación, de los hombres aficionados á los trabajos del ingenio; se jactan de apreciar la prensa periódica, sea del matiz político, científico ó literario que se quiera, en mucho menos que el papel de empaque, y son para ellos novelistas y poetas sinónimos de gente perdida. Esto, en general; pero cuando son sus convecinos, sus antiguos condiscípulos, tal vez sus amigos, los que escriben, los que peroran, los que pintan, ¡de Dios les venga el remedio á estos desdichados!