—Hoy todo el mundo escribe, todo el mundo charla, todo el mundo emborrona un lienzo y garrapatea el pentágrama—gritan escandalizados los «buenos muchachos».—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos á parar? Señores, el que más y el que menos de los que en nada figuramos conocemos algo de esas materias, y pudiéramos echar en ellas nuestro cuarto á espadas practicando un poco; pero ¿sería esto suficiente? ¿nos autorizaría para erigirnos en maestros ni en directores de la opinión pública? ¡No faltaba más!... ¡Pues no son pocas las pretensiones de la gente del día!
Así se explican; veamos cómo se conducen.
Estarán ustedes cansados de hallar en los periódicos de su pueblo centenares de remitidos, al tenor del siguiente:
Señor Director de El Vigilante.
«Muy señor mío y de mi mayor consideración: Aunque ajeno por carácter y por mis habituales ocupaciones á las lides periodísticas, me tomo la libertad de remitir á usted las adjuntas mal perjeñadas líneas, por si tiene á bien insertarlas en su apreciable periódico. La cuestión que las motiva es, en mi humilde sentir, de gran interés para toda la población, y en ello confío para que usted, etc., etc., etc.».
El asunto que se desenvuelve en el remitido y que, según el humilde sentir del comunicante, encierra gran interés para toda la población, es un guardacantón que sobresale media pulgada más de lo que previenen las ordenanzas, ó un árbol que se seca en el paseo... ó si debe andar cubierto ó en pelo por los claustros, durante la celebración de la misa, el perrero de la catedral.
Otros tres detalles esencialísimos distinguen siempre á estas producciones, á saber: lo poco que figuran en ellas los artículos determinados, y lo demasiado que juega la rosa de vientos, lo cual da motivo á cada paso á frases del siguiente jaez: «entrando en mencionado paseo por el lado del Sudeste; tomando la alineación por la fachada vendaval de repetida casa»... Por último, la firma. Ésta tiene que ser necesariamente Un curioso, Un contribuyente, Un vecino, ó Un amante de su país.
Pues bien, lector: cualquiera de estos motes es el modesto velo con que tapa el rubor de su vera efigies, para dirigirse al público, un «buen muchacho», es decir, uno de esos hombres sensatos, aplomados y «sin pretensiones», que detestan la prensa porque no sabe tratar cuestiones que enseñen algo, porque no es capaz de exponer teorías de transcendencia ó de universal interés; uno de esos hombres, en fin, que no hallan jamás otro bastante autorizado para erigirse en intérprete, ya que no en director de la opinión pública.
Y no puede quedar la menor duda de que citados artículos pertenecen á referidos autores, porque éstos, en el mismo día del alumbramiento, ó en el siguiente, á más tardar, teniendo la bondad de interesarse mucho por la salud de uno, le abordan en la calle para enredarle en un diálogo como el siguiente:
—¿Cómo va, amigo mío?