Como punto en que se reúnen todos los caracteres de la población, la Guantería es un palenque magnífico en que cada uno prueba á su gusto la fuerza de su lógica, el veneno de su sátira ó la sal de su gracejo. El que allí logra hacerse oir en pleno concurso y captarse las simpatías de los demás, ya puso una pica en Flandes: no habrá puerta que se le cierre, y está abocado á grandes triunfos en bailes y tertulias.
El primer paso que da un estudiante al terminar su carrera, antes que en la práctica de su profesión, es en el recinto de la Guantería. Allí va á estudiar el país, á crearse amistades, á darse á conocer. Pero que se lance á la sociedad de este pueblo desde la cátedra de una Universidad, sin entrar por la tienda núm. 9 de la calle de la Blanca: estará desorientado en los salones, violento, fuera de quicio, como un oficial de cuchara en un cuerpo facultativo.
En un baile se ve un joven solitario ó, lo que aún es peor, en tibia conversación con un tipo extravagante: es que no asiste á la Guantería como tertuliano de ella. Os llama la atención otro prójimo amanerado, que en el paseo no saluda á nadie con desembarazo: pues no dudéis en asegurar que no tiene entrada en la Guantería. El que pasea en los Mercados del Muelle; el que os mira con cierta curiosidad, como si estudiase el nudo de vuestra corbata ó la caída del levi-sac; el que bosteza en la Plaza Vieja á las doce del día; los que transitan por la calle de la Blanca, muy de prisa y por la acera de los hermanos Vázquez...; en una palabra, todos los que llevan consigo cierto aire exótico y de desconfianza por las calles, plazas y paseos de esta capital, carecen del exequatur del círculo de la Guantería. Esos hombres podrán ser buenos comerciantes al menudeo, ejemplares hermanos de la Orden Tercera, inspirados vocales de juntas de parroquia, maridos incansables, y, á lo sumo, en tiempo de efervescencia popular, reformistas vulgares, peones de candidatura; pero no otra cosa: la entrada á la buena sociedad está por la Guantería; el desembarazo, el aplomo y hasta la elocuencia, no se adquieren en otra parte... salvas, se entiende, las excepciones de cajón, pues excusado creo decir que también allí los hay, y de muy buen tamaño.
En suma: la Guantería es la cátedra de todos los gustos, el púlpito de todos los doctores, la escuela de todos los sistemas... la tribuna de muchos pedantes; la escena, en fin, donde se exhiben, en toda libertad y sin mutuo riesgo, las rosas y las canas, la bilis y la linfa, el fuego y la nieve, el gorro y los blasones, el frac y los manteos; pues, como ya he dicho más arriba, en ese círculo charlamentario todas las edades, todas las condiciones, todos los temperamentos, todas las jerarquías tienen su representación legítima.
III
Sentadas estas ideas generales sobre tan famoso mentidero, tratemos de estudiarle en detalle.
Al efecto, le consideraremos en los días laborables, como dice la jerga técnica forense, y en los días festivos.
En el primer caso.—Se abre á las siete de la mañana, y media hora después llegan los metódicos de mayor edad, de ancho tórax y protuberante panza, caña de roten, corbata de dos vueltas y almohadilla, y zapato de orejas; maridos del antiguo régimen, que se acuestan á las nueve de la noche y madrugan tanto como el sol, dan toda la vuelta al Alta ó llegan á Corbán sin desayunarse. Estos señores rara vez se sientan en la Guantería: á lo sumo se apoyan contra el mostrador ó la puerta. Su conversación es ordinariamente atmosférica, municipal, agrícola, mercantil ó de política palpitante. Suelen extralimitarse á lo profano, pero con mucho pulso: matrimonios notables, y no por lo que hace á la novia, sino á la dote. Su permanencia es sólo por el tiempo que les dura caliente el sudorcillo que les produjo el paseo.
Á las ocho y media.—Pinches de graduación, tenedores de libros, lo menos, dependientes con dos PP., de los que dicen «nuestra casa», «nuestro buque», por el buque y la casa de sus amos.—Estos suplementos mercantiles ya gastan más franqueza que sus predecesores los tertulianos de las siete y media: no solamente se sientan en la banqueta y sobre el mostrador, sino que, á las veces, abren el cajón del dinero y cambian una peseta suya por dos medias del guantero, ó le inspeccionan el libro de ventas, ó le averiguan las ganancias de todo el mes.—Sus discursos son breves, pero variados, gracias á Dios: muchachas ricas, probabilidades del premio gordo, tíos en América, bailes y romerías en perspectiva.—El más mimado de su principal no estará á las nueve y cuarto fuera del escritorio, por lo cual el desfile de todos ellos es casi al mismo tiempo: al sonar en el reló del ayuntamiento la primera campanada de las nueve. Son muy dados á la broma, y se pelan por la metáfora. De aquí que ninguno de ellos salga de la Guantería sin que le preceda algún rasgo de ingenio, verbigracia: «vamos á la oficina», «te convido á una ración de facturas», «me reflauto á tus órdenes», «me aguarda el banquete de la paciencia», y otras muchas frases tan chispeantes de novedad como de travesura.
Poco después que el último de estos concurrentes se ha largado, empiezan á llegar los desocupados, de temperamento enérgico; los impacientes, que se aburren en la cama y no pueden soportar un paseo filosófico. Éstos entran dando resoplidos y tirando el sombrero encima del mostrador; pasan una revista á los frascos de perfumería, y se tumban, por último, sobre lo primero que hallan á propósito, dirigiendo al guantero precisamente esta lacónica pregunta:—¿Qué hay?—Ávidos de impresiones fuertes con que matar el fastidio que los abruma, son la oposición de la Guantería, siquiera se predique en ella el Evangelio, y arman un escándalo, aunque sea sobre el otro mundo, con el primer prójimo que asoma por la puerta. Si por la tienda circula alguna lista de suscripción para un baile ó para una limosna, ¡infeliz baile, desdichado menesteroso! Por supuesto, que todas sus declamaciones no les impiden ser, al cabo, tan contribuyentes como los que más de la lista; pero el asunto es armar la gorda, y para conseguirlo no hay nada como hacer á todo la oposición. ¡Conque te la hacen á ti, Juan, cuando sostienes que tu establecimiento estaría más desahogado si ellos le desalojaran!