En medio de sus violentos discursos, es cuando suele entrar la fregona, oriunda de Ceceñas ó de Guriezo, descubiertos los brazos hasta el codo, pidiendo una botelluca de pachulín para su señora; ó ya la pretérita beldad, monumento ruinoso de indescifrable fecha, que avanza hasta el mostrador con remilgos de colegiala ruborosa, pidiendo unos guantes obscuritos, que tarda media hora en elegir, mientras larga un párrafo sobre la vida y milagros de los que tomó dos años antes, y conservándolos aún puestos, se queja del tinte y de su mala calidad, porque están de color de ala de mosca y dejan libre entrada á la luz por la punta de sus dediles; el comisionado de Soncillo ó de Cañeda, que quiere bulas, y regatea el precio, y duda que sean del año corriente porque no entiende los números romanos, y no se gobierna en casos análogos por otra luz que la del principio montañés «piensa mal y acertarás»; la recadista torpe que, equivocando las aceras de la calle, pide dos cuartos de ungüento amarillo, después de haber pedido en la botica de Corpas guantes de hilo de Escocia; todos los compradores, en fin, más originales y abigarrados y que parecen citarse á una misma hora para desmentir, con la acogida que se les hace allí, la versión infundada y absurda que circula por el pueblo, de que los ociosos de la Guantería son «muy burlones».

Á medida que estos tipos entran y salen, nuevos tertulianos se presentan en escena sin que la abandonen los que la invadieron á las nueve. Vagos reglamentados que se visten con esmero y se afeitan y se mudan la camisa diariamente; indianos restaurados á la europea; forasteros pegajosos; estudiantes en vacaciones; militares que están bien por sus casas, etc., etc., y ¡entonces sí que se halla el establecimiento en uno de sus momentos más solemnes! Rumores de actualidad, política, administración, modas, gastronomía, temperatura, negocios, calidad y dinero, gustos, el boquerón del Muelle... de todo se habla y sobre todo se discute, y, lo que es peor, nadie se entiende.

Así las cosas, dan las doce y media, y entran algunos de los que salieron á las nueve. Con este refuerzo, más el de tal cual perezoso que vuelve de los jardines de la Alameda, ávido de conversación, la controversia, ó mejor dicho, las controversias van subiendo de temperatura; crece la gritería, aumenta la confusión, y el alboroto de la tertulia acaba por parecerse al de una jauría de sabuesos en la pista de un cervatillo.

Mientras tú, en tan breves como duras é inútiles palabras, llamas al orden á la tertulia, discurren por delante de la puerta ciertas parroquianas, esperando á «que se larguen los ociosos». De éstas puede asegurarse, juzgando piadosamente, que contrabandean; es decir, que quieren polvos de arroz ó vinagrillo... ó son excesivamente modestas, tienen mala dentadura, peor mano ó cualquiera de esos defectos ostensibles que obligan á vivir á las mujeres presumidas un término más atrás que sus semejantes, por no patentizarse con todos sus detalles naturales.

Óyese al fin la una; y lo que no han podido conseguir ruegos ni amenazas, lo alcanza, si bien poco á poco, el recuerdo de la sopa humeando sobre la mesa de cada tertuliano: despejar la tienda. Media hora después se cierra ésta, que, al cabo, logró diez minutos de calma y de soledad, que aprovechan algunas pudibundas parroquianas necesitadas.

Por la tarde, desde las dos y media, hora en que vuelve á abrirse, hasta las tres, apenas la visita nadie más que los mismos pinches de las ocho y media, de paso para sus escritorios; y ya no entra en carácter hasta el anochecer, hora en la cual se reviste de una gravedad inalterable. La tertulia del crepúsculo la forman el apacible y prudente señor mayor, de vuelta del muelle de Maliaño ó de los Cuatro-Caminos; el viejo canónigo después que, aburrido de pasear en los claustros de la catedral, tomó su pocillo de aromático chocolate; el atribulado cesante, el militar retirado, el joven juicioso, ó «buen muchacho», que tiene la manía de la higiene pública ó de la policía urbana; el veterano catedrático de humanidades; el orondo rentista... y no pocas veces el gobernador civil, ó el militar, ó el alcalde... ó los tres juntos. El fondo de la conversación entonces es grave y filosófico, y rara vez se localiza una cuestión si el joven juicioso no hace una excursión por los presupuestos del municipio ó el empedrado de la capital ó tal otro ramo del ornato público, convencido de que con éstas y otras análogas materias es con lo que se prueban y se patentizan una razón bien sentada, una inteligencia exquisita y una formalidad venerable.

Esta pacífica reunión dura hasta poco después de anochecido. Una hora más tarde en el invierno, y dos en el verano, se cierra la tienda, excepto las noches de baile de lustre, en el cual caso la Guantería permanece abierta hasta que ha provisto sus elegantes superficialidades el último invitado ó contribuyente á la fiesta.—Desde que salen los señores de la tertulia grave hasta que se cierra la tienda, rara vez se presenta en ella cuadro que llame la atención: el tendero de al lado, el boticario de enfrente, el peluquero de más arriba... gente toda apreciabilísima, pero que, cansada de bregar con sus parroquianos, sólo desea el reposo y la quietud.—Esta ocasión es la que suele aprovechar el guantero para hacer en sus libros el balance del día, porque el guantero es hombre que lleva así sus cuentas, á fuer de honrado y precavido.

IV

Además de los pormenores apuntados, que son los más característicos, diariamente, de la Guantería, deben consignarse también, como entremeses variables hasta lo infinito, algunos otros, verbigracia: el corredor que pide un fósforo y toma asiento durante dos minutos para respirar; el forastero que desea saber dónde se venden buenas langostas de mar ó ron puro de Jamaica; el pollo desatentado ó la doncella pizpireta que preguntan cuándo es, ó por qué se ha suspendido el baile, el baile de campo, de cuya sociedad es el guantero administrador, más que administrador, el alma y la inteligencia, la varita mágica que allana las dificultades, reclutando socios, extendiendo circulares, invitando á forasteros, procurando orquesta y servidores, y transformando en un edén en breves días el ya, de suyo, bello jardín de la calle de Vargas; la oficiosa señora que indaga por quién tocan á paso, ó de quién es el bautizo, ó á quién han dado el Viático; el cartero mismo que quiere averiguar en qué calle y en qué casa vive la persona cuyo nombre, sin más señas, contiene el sobre de una carta recién llegada, ¡y qué sé yo cuánto más! porque la Guantería es una agencia universal, y su dueño una guía de viajeros, un libro de empadronamientos, un registro de policía, en punto á datos y curiosidades locales.

Consideremos ahora el mentidero en día de fiesta, y ejemplo al canto.