Son las doce de la mañana: la concurrencia, no cabiendo en la tienda, invade el portal inmediato y parte de la calle. La sesión está fraccionada en grupos que apenas logran oirse, en fuerza de lo mucho que gritan. En uno, la joven América, vestida á la europea, se afana porque le comprenda su teoría sobre la comenencia de la infusión de razas, un jurisconsulto de gran volumen, que, olvidando la severidad del Digesto, y sin negar al indiano la oportunidad de su descurso, acaba por hacerle creer que Bezana se llamó Bucefalonia en tiempo de los romanos; la ciencia de Hipócrates, dejando sus rancios aforismos, predica higiene moderna, y haciendo aplicaciones al bello sexo, vacila entre el zapato de charol con moña y las botinas de marrón; un procurador le arguye contra los escotes de los trajes de baile, y aun de paseo en verano, y un mayorazgo, dueño de una gran huerta, sostiene lo contrario, porque piensa explotar las hojas de sus higueras, en día no lejano, si los vestidos no dan en subir al paso que van bajando; el matrimonio anda en un rincón á merced de un meritorio con cinco hijos, que le defiende, y de un mal humorado que le acribilla; la hacienda pública se arregla más allá con los cálculos de un desarreglado que jamás pudo establecer en su casa el orden y la economía; el arte dramático moderno perece bajo las iras de un erudito que no distingue la prosa del verso más que por el tamaño de los renglones; la religión, la política, el baile, tienen allí también su grupo de competentes, sin que le falten, por supuesto, al comercio, cuyo grano merece la preferencia de ciertos hombres de chapa, siempre y en todas partes.
Entre tanto, tú, mi buen amigo, detrás del mostrador, pides, ya que no parroquianos, cuya entrada es imposible, un poco de luz para clasificar los guantes que en horas anteriores has desparramado por servir á algún precavido consumidor; pero ni luz ni parroquia te conceden los que, en el egoísmo de su deleite, se curan muy poco del daño que te hacen.
De pronto se revuelven las masas, ábrese un angosto sendero, y, á toda fuerza de puños y caderas, avanza hasta el mostrador una robusta pasiega. La imprudente ama de cría desenvuelve ante el concurso una tira informe y deshilada, y pide un par igual, pero «que alargue y encoja».
—¿Para quién son?—pregunta un curioso, rollizo y alegrote, movido de no sé qué sentimiento.
—Para la señorita,—contesta la montaraz nodriza, sin sospechar el cúmulo de deducciones que pudieran desprenderse de este solo dato. Ignora la desdichada que, como al naturalista le basta un diente hallado en un basurero para saber el género, la especie, la edad, la estatura y otra porción de circunstancias del animal á que perteneció, á un ocioso de la Guantería le sobra una liga vieja para... ¡bah, yo lo creo!
La animación de la concurrencia crece con este motivo (no el de la liga, sino el de los empellones de la pasiega); ésta se amosca, lanzando por su bendita boca más rayos y centellas que una tempestad; y tú, que necesitas ya muy poco para estallar, empiezas á tratar de «usted» á la reunión, detalle terrible que suele preceder á tu tardío, pero imponente enojo, concluyendo... por largarte á la calle por la puerta falsa, cerrando la principal, en la imposibilidad de arrojar á los demás fuera de la tienda. ¡Ejemplo sublime! Dos minutos después no queda un ocioso en la Guantería. Vuelves entonces á entrar en ella, abres la puerta de la calle, respiras con ansia, vas á lanzar una exclamación de sorpresa al encontrar el local libre y despejado, y antes que despliegues los labios, te ves envuelto en la misma muchedumbre de marras. Pero tu fisonomía se halla ya serena, tu voz firme y segura, y en tu pecho no queda el más leve enojo hacia los invasores. Y ¿cómo tan repentino cambio? ¿Consiste en que la frecuencia de esas escenas te ha acostumbrado á mirarlas con indiferencia, ó en que, en la imposibilidad de corregir á tanto incorregible, te resignas á sus vandálicos atropellos? No, seguramente: es que los breves momentos en que te ves solo detrás del mostrador, te hacen extranjero en tu propia casa, te entristecen y te afectan hasta el extremo de que ofrezcas, en tus adentros, la mejor caja de guantes por el peor de tus amigos. Porque no puedes vivir sin su presencia; tú me lo has confesado más de una vez: te son tan necesarios como á nosotros la Guantería.
No la cierres nunca, Juan, aun cuando la fortuna te persiga más allá de tus ambiciones, ó no te respondo de los resultados. ¿Qué sería de nosotros si al salir un día de casa nos hallásemos esa puerta cerrada? Mediten un poco sobre este punto mis contertulios. La Guantería, como la salud, no se sabe lo que vale hasta que se ha perdido.
En una ocasión, y por un motivo que no quiero recordarte por no afligir tu corazón de padre, hallé cerrada la puerta ¡caso inaudito! en un día de trabajo. Nunca, hasta entonces, había reparado yo en el aspecto de los sillares de aquella puerta, desnudos de las charoladas hojas que de ordinario los revisten; jamás me pareció la calle de la Blanca más larga, más silenciosa, más triste. Llegaron varios contertulios; pasmáronse, como yo, ante tal espectáculo, y mustios y cabizbajos dímonos á vagar por la población. Sobronos el tiempo, aburrímonos en todas partes, y tornamos á casa en el mayor desaliento. Tres días sin Guantería, y comprendo en Santander hasta la revolución.
Así, pues, Juan incomparable, explota, estruja tu establecimiento famoso mientras lo necesites para provecho de tus hijos y sostén de tu familia; pero si, como he dicho ya, llegaran sus productos á colmar tus modestas ambiciones, antes de cerrarle considera que es indispensable para tu gloria y deleite de tus infinitos amigos; y ya que, á pesar de su utilidad patente y preclara historia, no le declare el Gobierno monumento nacional, ilustre Senado montañés, quede siempre abierto para que los futuros santanderienses aprendan allí, como nosotros, á ser excelentes ciudadanos y tan buenos amigos como lo es tuyo el que, en prueba de ello, te dedica estos renglones.
1869.