—¡Esto es inaudito, Silvestre, y voy á hacer un escarmiento con esta canalla!… Figúrate que al matar el pájaro estaba yo de espaldas á la pared….
—Pero á eso—interrumpió el aldeano,—dice la presona que con el rustrió de la escopeta….
—Qué rustrió ni qué…. ¡Imbéciles!… Y aunque tamaño absurdo fuera atendible, ¿de qué serviría cuando la pared cayó un cuarto de hora después que sonó el tiró?…
—¿Pero tu haces caso de esas socaliñas?—dijo don Silvestre, hasta entonces mudo espectador.—Á esta gente es preciso conocerla. ¿Á que anda el tío Merlín en el ajo?
—Justamente—contestó el pobre hombre.
—Me lo temí; ¡es el enredador de más malas entrañas!… Quítate de delante, canalla, ó te arrimo un botellazo que te rompa las muelas. ¿Cómo te atreves á acercarte á una persona decente con esas tretas de tan mala ley?…
—Yo no tengo la culpa—contestó tímidamente el aldeano, haciendo un cuarto de conversión hacia la puerta….—Yo soy un probe … ¡muy probe!, señor don Silvestre; tengo un güerto que me da para ayudar la vida, cáese la paré, entran por ella los animales, destrózanme la probeza que había en él, dícenme: «Fulano tiene la culpa»; y … ¡qué menos he de hacer que pedir lo que en ley se me debe!… Pero—añadió, enternecido, dirigiéndose á la puerta,—dicen ustedes que me he equivocao, y yo lo creo…. Perdonar la falta…, y queden ustedes con Dios….
—Tiene razón el buen hombre—exclamó á poco rato el bonachón madrileño.—El infeliz no tendrá, tal vez, comida para mañana; y de él no ha salido la idea de hacerme reo de semejante delito…. Llámale, Silvestre, que voy á gratificarle….
—No te apures, hombre de Dios; yo los conozco mejor que tú … y no son tan suaves como aparentan.
De todas maneras, el aldeano había desaparecido, y los buenos deseos del madrileño quedaron sin realizar; pero don Silvestre tuvo que aceptar de su amigo una moneda de oro para entregársela al pobre labrador lo más pronto posible.