DEMANDADO.—Mi palabra de caballero, mi conciencia y algunas razones de sentido común….
ALCALDE.—No es mucho que digamos. La ley quiere más.
MERLÍN.—Por de pronto, la paré estábase derecha. El señor disparó su escopeta cerca de ella, y la paré cayó en seguida. No habiendo pasado nadie más que el señor en toda la mañana por aquél sitio, ¿quien sino el señor tiene la culpa?
DEMANDADO.—¿Y esos son todos los argumentos que usted presenta contra mí?
MERLÍN.—¿Y le parece á usted poco?
DON SILVESTRE.—Tío Merlín, usted es un tunante; ¡y si no fuera por sus canas!…
MERLÍN.—Señor de Seturas, usté me falta…. No hay en el pueblo naide que se atreva á dudar de mis palabras.
DON SILVESTRE.—Tampoco ha habido nadie que haya querido romperle el alma, y por eso tiene usted embrollado y revuelto al vecindario.
MERLÍN (furioso).—Que coste, señor alcalde…, y que se apunte todo pa el día de mañana que yo tome cuentas.
DEMANDADO.—Dé usted antes las que le piden, y no olvide que estoy resuelto á todo, incluso á enviar á los dos á un presidio.