—Enestonces, debe haber en la mantilla … veinte y diez, treinta, y cinco, treinta y cinco…. Treinta y cinco riales … menos treinta y cinco chavos.

—Cabales….

La mujer contó los cuartos sobre la mantilla, redújolos á montones de á treinta y cuatro cada uno, y levantándose en seguida, dijo en alta voz, con cierto retintín:

—Aquí no hay más que veintiocho riales.

—Yo he echao….—Y yo….—Y yo….—Y yo …—fueron diciendo todas las personas de los dos corrillos.

—Es claro: ahora toos han echao…. ¡Como yo no sé lo que sucede en estas ocasiones!… ¡Y luego le dirán á una que falta á la verdá!…

—Vamos, mujer, no te consumas, que ya sabemos lo que es contar dinero: á la más lista se le pega de los deos.

—Estos diez te voy á pegar en esa recancaneada jeta, ¡lambistona, embrolladora!…

—Á mí me pegarás tú de lengua.

—¡Malos peces vos coman, arrastrás! ¿No veis á esa probe mujer que vos ascucha?—gruñó el viejo pescador, interponiéndose entre las dos mujeres y señalando á la viuda.