—¡Ayyy!—suspiró ésta al oirlo, limpiándose los ojos con las greñas.
—¿Falta dinero? Pus hacervos la cuenta de que se lo tragó la tierra, y en paz…. Vengan esos cuartos—añadió el viejo en tono brusco.
La mujer que los había contado recogió la mantilla y la desocupó en la gorra del pescador, murmurando hacia la que riñó con ella:
—Da gracias á la pena de esta infeliz, que si no….
—¿Qué se trae?—preguntó el pescador á la reunión.
—Queso….—Vino….—Aguardiente….—Pan….
—¿Á quién hago caso yo? Toos piden á un tiempo…. Que alcen el deo los que quieran vino…. Uno, dos, tres…, seis, nueve…. Nueve hombres y tres mujeres…. Ahora que le alcen los que quieran aguadiente…. ¡Ea!, no hay más que hablar: seis hombres y toas las mujeres, menos tres, dicen que no quieren vino…. ¡Me alegro, me alegro, y que me alegro, ea!… Conque dempués de gastar dos pesetas en queso y en un guardia civil, lo demás pa musolina. Vengo en un credo.
El viejo salió de la sala, como si su comisión le hubiera quitado de encima la mitad del peso de sus años; y la presidenta del duelo, después de ponerse la mantilla y de dar á su fisonomía el aire de compunción de que la había despojado durante la última escena, cuadróse en medio de la reunión, fijó la vista en el suelo y dijo en tono plañidero:
—Una Salve á la Santísima Virgen del Mar.
El coro la rezó por lo bajo.