—¡Hola, hola! ¿Y qué tal el oficio?
—¡Quiá, señor; si no sale para café!… ¿Me da dos cuartos?
—Veremos si los mereces…. Dime antes lo que raqueas.
—¡Como no raquee! ¡Si andan más listos á bordo!…
—Pero alguna vez ya se descuidarán.
—Quiá, no señor. Ayer trinquemos, entre Pipa, Michero y yo, como tres libras de cobre; y pa eso, de poco nos guipan.
—¿En dónde lo trincasteis?—insistió el señor con más interés que nunca, dando dos cuartos al raquero.
—Pos en esa freata que están aforrando en el paredón—contestó Cafetera con la mayor sencillez, guardándose los cuartos en el faldón de la camisa y escupiendo por el colmillo.
Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, hasta que del último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.
Á su vista, el buen señor quedóse haciendo cruces y bendiciendo á la
Providencia en sus adentros.