Después de prometer á Cafetera la compra como éste decía, del estrumento, mandóle que le siguiera para entregarle el dinero, lo cual hizo al punto lleno de júbilo el incauto raquero, sin sospechar lo que le había de suceder, cosa que le hubiera sido muy fácil al ser tan diestro conocedor de los atributos de un comisario de policía como de la verdasca de un cabo de mar.
Grande fué la sorpresa del pilluelo cuando, siempre al lado del presunto comprador, llegaron á detenerse en la Capitanía del puerto.
Allí fueron los sobresaltos y congojas; tanto que, á no estar muy listo el grave señor de las borlas, se queda sin su presa, que ya andaba en trazas de escurrir el bulto.
Entregado éste y el cronómetro á la autoridad, declaró Cafetera, llamóse á Pipa y á Michero, cantaron todos de plano, y fueron al punto conducidos á la cárcel, de donde después de algunos meses de reclusión, salieron … á tirar del Bombo de la Carraca.
Allí estuvieron tres años agarrados á la maroma, hasta que, satisfechos sus jueces y la vindicta pública, los mandaron de retorno á su país con algunos vicios de más y mucha vergüenza de menos.
Su primer pensamiento al pisar el patrio suelo, fué para el Muelle de las Naos; pero no fué poca su sorpresa cuando, en él colocados; comenzaron á examinarle en todas direcciones.
La escollera de Maliaño, la estación del ferrocarril, el nuevo empedrado y otras reformas hechas precisamente mientras duró la condena de los pilluelos, era lo que ellos no podían comprender; mas lo que extravió sus razones hasta el extremo de llegar al espanto, fué la aparición, por la Peña del Cuervo, de un monstruo silbando y arrojando nubes y fuego por la cabeza. No atreviéndose á pronunciar una sola palabra, miráronse los tres sobrecogidos cuando notaron que el monstruo se acercaba á paso de gigante. Entonces perdieron la brújula; gritó Pipa «¡aguanta!» y se dieron á correr pensando que el mundo se acababa.
Después acá, aunque con la llegada de los trenes, á medida que la han visto repetirse, van familiarizándose bastante los raqueros, no ha sido hasta el punto de que éstos permanezcan tranquilos en el Muelle de las Naos. Por el contrario, empujados y oprimidos por el potente movimiento que la población ha tomado allí en los últimos años, van abandonando el territorio: ya tiene el raquero cien Argos que le contemplan, y no puede pasearse erguido como antes, señor de aquella ínsula remota.
Para concluir, y en pro de este tipo tan popular en Santander, haré una ligera observación: de vástagos tan carcomidos y tortuosos son muy frecuentes aquí robustos y fructíferos troncos. La historia de este puerto abunda en páginas brillantes debidas á la honradez, pericia y heroísmo de nuestros marineros, muchos de los cuales han recorrido en su infancia un sendero tan expuesto y espinoso como el del tipo que acabo de bosquejar. Nuestro comercio tiene pruebas repetidas de lo que digo; y á fe, á fe, que no pecó de pródigo con los venerables harapos de tan valientes marinos, al extender los anchos pliegues de su rico manto.