—Por lo menos una cosa muy parecida.
—Lo que yo dije es que íbamos hablando de lo mucho que se alaban algunos hombres de cosas que no les han pasado.
—Eso sí que no iría conmigo.
—No por cierto; pero iba con algunos que usté conoce muy bien.
—Podrá ser así…. ¿Y sabe usted, Teresa, que de algún tiempo á esta parte anda muy entonada la rubia?
—¡Lo ve usté!
—Lo digo sin ánimo de injuriar á esa muchacha.
—Es que así se dicen todas las cosas, y luego … el diablo las enreda…. En cuanto una se pone un día un poco vestida…. Hija, ¡qué lenguas!… Ya se ve, ustedes están acostumbrados á oir que una señora gasta el oro y el moro para salir á la calle medio decente; y como nosotras no tenemos rentas, en cuanto nos ven algo majas, ¡es claro!, en seguida, que se lo regalan á una…. ¡Como no regalen!… Ni la rubia ni yo tenemos otras rentas que la peseta que ganamos á coser en las casas adonde nos llaman, y la jícara de chocolate, por la mañana y por la tarde, que nos dan además, como usté sabe. Pero conocemos nuestra obligación, y con dos varas de tul y seis de percalina hacemos un traje que los que no lo entienden piensan que vale un dineral…. Lo mismo que lo que ahora llevo puesto…; pues cuatro veranos tiene, y Dios sabe lo que tirará todavía si no se van del mundo el agua, el jabón y las planchas…. ¡Vaya!
—Si yo estoy en eso mismo, hija mía.
—Es claro, esa muchacha es de suyo vistosa y arrogante; después, tiene unas manos divinas para cortar y coser, y hace un vestido de baile aunque sea de unas enaguas….