—Si no digo yo lo contrario….
—Y al verla en la calle compuesta, como ella tiene aquel semblante y aquel cuerpo…, ¡uf!, lo que menos se figura la gente que lo ha ganado de mala manera. Pues mire usté, para que se vea lo que son las cosas, todavía, después de vestirse con la peseta que gana la infeliz, le queda para que fume su padre…. ¡Pero ya se ve!…, es una pobre costudera…, ¡y allá va eso! Pues si fuera yo á decir todo lo que sé…. ¡Cuántos vestidos de moaré se pasean por esas calles que no se han pagado, y cuántos se han pagado sin el dinero del marido de las que los llevan!… Pero esas son señoras y tienen bula para todo…. Lo mismo que lo demás…. ¡Cuántos cuerpecitos que á ustedes les marean están hechos por estas manos!… Pero más vale callar.
—Es usted cruel, Teresa; lo que he dicho de la rubia fué … por decir algo. Desde hace dos ó tres días, cuando pasa á las doce por la plaza Vieja, la veo más compuesta que de costumbre….
—Eso es decir que usté se pone allí para verla pasar todos los días.
—No diré que por ella; pero por ella y por usted y por otras por el estilo, quizá, quizá.
—Y ¿qué saca usté de eso?
—Recrear la vista. ¡Como son ustedes tantas y tan bonitas!… Por cierto que me ha chocado ver cómo se las arreglan ustedes de manera que pasan siempre por la Plaza, sea cualquiera la procedencia que traigan.
—Pues eso quiere decir que por todas partes se va á Roma, y que cuando una deja la costura al medio día, de la hora que le queda para comer aprovecha la mitad para ver gente y tomar un poco el aire.
—Y ¡qué bonita era aquella amiga que la detuvo á usted esta mañana en la esquina del Puente!…; pero no es tan elegante como usted.
—¿Una morena? Aquélla no es amiga; es costudera de sastre.