—¡Ah, ya!… Como la vi hablar con usted….

—Me estaba dando un recado. Y no es porque yo tenga á menos ser amiga de algunas de esas, sino que como las que cosemos en blanco en las casas tenemos sociedad aparte…. Y no crea usté que nos faltaría motivo para darnos tono con ellas, porque ahí están las modistas que parece que nos honran cuando nos saludan en la calle.

—¡Vea usted qué demonio!

—Y ahora que me acuerdo, ¿qué le decía usté esta mañana á aquel otro señor de patillas, cuando nosotras pasábamos, que nos miraban tanto?

—¿Luego me vió usted?

—Yo veo todo lo quiero.

—¡Ah, pícara!; me servirá de gobierno. Pues decía á mi amigo que estaban ustedes mucho más bonitas cuando salían á la calle en pelo, tan primorosamente peinadas, y con aquellos pañolitos al cuello, como el que usted tiene puesto ahora, que con la mantilla y el chal que les comen lo mejor de la figura.

—¡Otra!…; ¡mira qué reparón!

—Ya se ve que sí.

—Pues no llevan todas mantilla.