—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose repentinamente.
—¿En dónde?
—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.
—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.
La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al forastero.
—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.
Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.
—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.
—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del personaje dentro de la corralada.
El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo, haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los ojos muy fruncidos.