El cual le tendió en seguida la mano y le dijo, á vueltas de las palabras usuales del saludo corriente entre personas bien educadas:
—Mil perdones, ante todo, por lo intempestivo de la hora, señor don Baltasar.
—Pase usted más adentro, y cúbrase—dijo el Berrugo interrumpiendo al visitante y cubriéndose él.—Se entiende—añadió deteniéndose y deteniendo al otro, que le seguía,—si lo que tiene que decirme no es asunto reservado; porque, en este caso, hablaríamos en otra parte.
—¡Nada de eso, mi señor don Baltasar!—respondió el personaje,—¡nada de eso! Todo cuanto aquí me trae es claro, natural y sencillo, y puede publicarse á voces á la puerta de la iglesia.
—Pues pasemos adelante entonces... y usted dirá,—repuso don Baltasar andando hacia la sala, en la cual se hallaban Inés y Marcones en silencio y de bien distinta manera impresionados con lo que estaba sucediendo á pocos pasos de allí.
Al ver entrar al elegante caballero del altar mayor haciendo reverencias y derramando fragancias de perfumería, Inés, después de responderle con medias palabras, muy mal articuladas, y entre corrientes de fuego que la pusieron rojas las mejillas, manifestó intenciones de retirarse, conducta á que la tenía acostumbrada su padre en parecidas ocasiones.
—¡Oh, de ninguna manera, señorita!—se apresuró á decir el visitante, conociendo las intenciones de Inés.—De ninguna manera consentiré que usted se retire porque yo entre. ¡Pues no faltaría más! Supongo—añadió dirigiéndose á don Baltasar,—que esta hermosa señorita es hija de usted.
El Berrugo respondió que sí lo era.
—Pues le felicito á usted de todo corazón, señor don Baltasar, por ser padre venturoso de tan bella criatura... Lo digo sin el menor asomo de lisonja—añadió el expansivo y galante caballero, al ver que la pobre Inés no sabía dónde esconder la cara hecha una lumbre.—¿Y se llama?
—Inés,—respondió el Berrugo, no sé si complacido ó molesto con aquellas cortesías á que él no estaba avezado.