—¡Inés!—repitió el otro.—¡Bonito nombre!

Y como después de esto, y aun algo antes de ello, echara ciertas ojeadas á Marcones, adivinándole la curiosidad le dijo el Berrugo:

—Este sujeto es Marcos, el sobrino de mi criada Romana. Es de Lumiacos, y va para cura. Ahora está de vacaciones, y hoy viene á comer con nosotros.

No ya verde, amarillo y azul se puso Marcones al oir estas señas que de él daba, en el tono más fríamente burlón que pudiera imaginarse, el padre de su discípula, que quizás estuviera en aquel instante comparando su corte, medio eclesiástico, con la vistosa y elegante traza del impertinente caballero del altar mayor. Así fué que, temiendo dar un estallido más gordo, que se lo echara todo á perder, pagó con una cabezada y un gruñido el amago de reverencia que le hizo el forastero, y salió de la sala sin que tratara nadie de detenerle, con lo cual acabó de enfurruñarse.

Solos los tres, y como en familia, sentóse en medio el visitante, por invitación de don Baltasar, y dijo así, con el pulgar de la izquierda en el bolsillo correspondiente de su chaleco, y la diestra en el ala de su sombrero de cazo, puesto de canto sobre el muslo derecho:

—Le considero á usted, señor don Baltasar, y á usted, señorita Inés, y hasta al pueblo entero de Robleces, en la mayor curiosidad por saber de qué nube se ha caído este personaje extraño que se plantifica durante la fiesta de San Roque en mitad del presbiterio, y se cuela ahora por las puertas de esta casa. Lo que menos se han figurado las honradas y sencillas gentes que me han visto allí, es que yo había elegido lugar tan alto y ocasión tan solemne para lucir mi cadena de oro y mi pechera con brillantes... ¿Presumo mal, señorita Inés? Vamos, dígamelo usted francamente. ¿No le pasó á usted por la cabeza la aprensión de que yo era un farsante presuntuoso, que elegía aquel sitio para lucir la persona, como los jándalos de otros tiempos?

—No se me ocurrió semejante cosa,—respondió Inés muy acobardada, pero con toda sinceridad.

—No es extraño, si bien se mira—dijo el apuesto galán con el acento meloso que suavizaba todas sus palabras,—porque á la edad de usted y con su honrado candor, no caben ciertas malicias... Pero ¿á que se le ocurrió al señor don Baltasar, que ha vivido más años y corrido más mundo y experimentado más gentes?

—Efectivamente—respondió el aludido, sin pararse en barras:—eso fué lo primero que se me ocurrió al verle á usted tan empingorotado allá arriba, y tan peripuesto: que era usted un farsante. Las cosas claras.

—Ya comprenderá usted que no he de ofenderme con esa claridad, cuando me ha visto anticiparme con el supuesto, dándole por bien fundado. Y hablando ahora en pura verdad, ¡si supieran ustedes lo lejos que iban de ella los que me juzgaban de ese modo! ¡Si supieran todos cuán diferentes de esa disculpable flaqueza eran las causas por que he venido hoy á Robleces, y me he puesto á oir misa en el altar mayor, y estoy ahora bajo los techos de esta casa! ¡Si pudieran imaginárselo que pasaba por mí cuando oía la voz cascada del buenísimo don Alejo, y lo que hubiera dado yo por sustituir, siquiera con la campanilla en la mano, á cualquiera de los muchachuelos que tenían la fortuna de ayudarle! ¡Si supieran lo que yo sentía cuando paseaba los ojos por cada rincón de la iglesia, y por la barandilla del coro, y por la escalera del campanario! ¡Si supieran que no hay un retablo, una imagen, una piedra, un adorno en ese templo, que me sea desconocido! Y sobre todo, señor don Baltasar y señorita Inés, si supieran ustedes lo que pasa por mí al hallarme donde me hallo en este instante, no me tendrían por descortés al declararles, como les declaro, que, al venir á esta casa, dudo si me arrastra más el amor que la tengo, que la estima que me merecen las personas que la habitan.