El extraño personaje parecía muy conmovido al terminar esta parrafada, que escucharon el Berrugo y su hija con profundísima atención; y viendo don Baltasar que el visitante se detenía después de las últimas palabras, precisamente las que más le habían avivado la curiosidad, preguntóle con la llaneza que él usaba con todo el mundo:
—Pero ¿quién demonios es usted?
Sonrióse afablemente el interpelado; miró de pasada á Inés, cuya fuerza de atención rayaba en el pasmo, y respondió á don Baltasar de este modo:
—Es posible que no tenga usted noticias de un sobrinillo que embarcó para la Habana el famoso Mayorazgo de Robleces, muy poco antes de venderle á usted esta casa.
—Tengo—dijo el Berrugo,—así como un recuerdo confuso de haber oído hablar...
—Pues ese sobrino, señor don Baltasar, soy yo. Tomás Quicanes, natural de Nubloso, pero criado y educado en Robleces al lado de mi tío.
—¡Qué me cuenta usted?—exclamó aquí el Berrugo muy asombrado, ó aparentando que lo estaba de firme.—¡Conque sobrino del Mayorazgo! Pero, hombre, ¡si parece mentira!
—Pues es la pura verdad, señor don Baltasar—repuso el elegante mozo,—y un desengaño bien triste para los que me hayan tomado por un Archipámpano del otro mundo, al verme hoy tan soplado junto á las andas mismas de San Roque. ¿No lo cree usted lo mismo, Inés?—añadió mirando á la guapa chica con la mayor naturalidad.
Pero Inés sólo respondió sonriéndose y volviendo á ponerse colorada, bajando los ojos al mismo tiempo y pellizcándose con una mano la falda de su vestido por cerca de las rodillas.
—Porque las gentes son así—continuó el de Nubloso,—ó, mejor dicho, somos así todos, grandes y chicos, cultos é ignorantes. Vivimos de impresiones, y nos merece mayor devoción el santo de más lejos... El caso es, para acabar pronto, que soy Tomás Quicanes, el sobrino del Mayorazgo de Robleces. Fui á la Habana; trabajé veinte años allí, procurando repartir bien lo que ganaba entre el regalo del cuerpo y el del espíritu, á lo cual debo esta poca luz que traigo en la cabeza; es decir, porque no se tome á tonta vanidad, el no volver tan á obscuras y tan romo como salí de aquí. Agenciéme honradamente un capitalito; un pasar: vamos, para la puchera, como se dice por acá, y víneme resuelto á comerla sosegadamente en la tierruca, después de haber corrido una buena porción del mundo que no conocía. Un mes hace que llegué á la Montaña, y dos días que vine á Nubloso, donde no me queda otra familia que un primo lejano, más rico que yo, puesto que es enteramente feliz con los cuatro terrones que labra y la fecunda mujer que le da un hijo cada año. Con esa familia vivo mientras otra cosa resuelvo: tirábame mucho Robleces, por ser mi pueblo adoptivo; era hoy la fiesta de su patrono, á cuya imagen tantas veces quité el polvo y canté coplas de su novena ayudando á don Alejo, como ahora le ayudan los dos acólitos, y, por cierto, con atalajes que no me pusieron á mí nunca, porque entonces no se usaban esos lujos en iglesias como las de este lugar; vine á la fiesta, ocurrió lo que ustedes saben; y dejando para otra ocasión el regalo de darme á conocer á don Alejo, lleguéme á esta casa, donde he tenido el honor de referir lo que en el pueblo no sabe á estas horas nadie más que ustedes.