—Pues vea usted, señor mío—dijo el Berrugo después de unos instantes de silencio:—no me pesa que el caballerete del altar mayor haya resultado sobrino de mi amigo el Mayorazgo, ni que haya sido afortunado en sus negocios en la otra banda; porque de ser cierto que hay dinero por el mundo, cosa que nos parece cuento aquí por la miseria en que vivimos, más vale que caiga algo de ello en manos conocidas. Así lo siento y así lo digo.

—Y yo acepto ese sentir con todo el aprecio que se merece, señor don Baltasar.

—Eso me es enteramente igual, amiguito, con franqueza; quiero decir, el que me aprecie ó no me aprecie lo que le he dicho. Á mí me basta para galardón de mis sentimientos, el gusto de no atragantarme con ellos. Y dejando estas coplas á un lado, ¿qué otra cosa se le ofrece á usted por aquí, en que podamos servirle?

Á esta pregunta se sonrió el indiano; bajó un poquito la cabeza y se golpeó varias veces el muslo con el sombrero. Después le cogió con ambas manos, cruzó los pies; y volviendo á mirar, siempre muy risueño y oloroso, á don Baltasar, le dijo:

—Si le contestara á usted que nada se me ocurre, señor don Baltasar, más que satisfacer el gusto, medio satisfecho ya, de respirar el aire de esta casa, tan llena de recuerdos para mí, y de ponerme á las órdenes de sus afortunados dueños, no contestaría toda la verdad.

—Pues, por si acaso era así—repuso el Berrugo,—le he preguntado á usted que en qué otra cosa podíamos servirle.

—Hay otra cosa, en efecto—replicó el indiano, tomando nueva postura en la silla, no menos airosa que las anteriores,—en que usted podría hacerme un servicio superior á todo encarecimiento; pero de esa cosa no venía enteramente resuelto á tratar hoy, porque ni es de urgencia inmediata, ni el momento que he aprovechado para saludar á ustedes da para ello.

—Pues yo le voy á dar á usted—dijo el Berrugo,—otra prueba de lo netas que las gasto, declarándole que con eso que acaba de decirme me ha metido en grandes ganas de conocer esa cosa que usted desea.

Rióse aquí de todas veras el indiano, volviendo un instante los ojos hacia Inés, que no estaba menos picada de la curiosidad que su padre, y respondió:

—Ese declarado deseo de usted, señor don Baltasar, me obliga á romper las consideraciones que me detenían, y voy á satisfacérsele inmediatamente; pero á condición de que, por anticipado, me perdone usted, si tengo la desgracia de mortificarle algo el puntillo que tan sensible es en todas partes, y singularmente en esta tierra; yo, por de pronto, le aseguro que si creyera que en lo que voy á proponerle había motivos racionales de mortificación para usted, no se lo propondría...