—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la pata-la-llana, lo que pretende de mí?
—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del corazón, como por antojo de enamorado sensible...
—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la media silla que ocupaba.
—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces, envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo quisiera y él se merece...
Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose hacia don Baltasar:
—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted vender?
—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento, mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle yo esta casa!
—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas, como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar? Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.
—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo, que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre! ¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted, para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo: creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y observado.
—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted, yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra pregunta.