—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.

—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que queda aceptada en principio?

—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella? ¡Pues, hombre!...

—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de la menor pesadumbre para usted.

—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de su padre. ¿No es cierto, Inés?...

Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara, respondió tímidamente que sí.

Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre, á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:

—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...

—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde: desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos de la casa, como quien dice...

—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo, haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para ustedes!... Yo no sé si debo...