Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le soltaba el Berrugo estas claridades:
—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?
El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de hablar, le respondió:
—Pues acepto... y con muchísimo gusto.
No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.
—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando al médico.
El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!
—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué sudar en aquella iglesia!
Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.
—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de Robleces.