—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no tengo el gusto de...

—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la mano,—y muy servidor de usted.

Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta conmovido, le decía:

—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y ese porte... Sólo que no caigo...

—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!

—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...

—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto siquiera, hasta hoy?

Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la cabeza y respondió mansamente:

—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la tierruca?

—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el indiano:—dejar aquí los huesos...