Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se estaba de comida.
Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de dónde era nativo y qué familia tenía.
¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh, qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada, en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le escuchó estupefacto.
Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba con el pañuelo.
—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á usted la millonada encima.
—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba un poco conmovido.
—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don Elías,—y porque ya contaba yo con ello.
—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...
—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.
—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco... Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara de tigre enciscado que tiene el seminarista.