ARROZ Y GALLO MUERTO
En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar, porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había corrido tanto mundo!...
Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se barciaran con gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa salada, se picó de veras y cantó claro.
—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...
—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien indignó la grosera reticencia de la criada.
—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente, tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú, desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por mejorar la del vecino...
Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta, dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:
—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa voluntad.
Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho, salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano... ¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio, viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella, por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría, pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar! ¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!... Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda... ¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel, y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se colocaría allí, su padre aquí, ella acá y los otros enfrente... No, porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando llegara el caso.