Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina, y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo, que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.

Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa, por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto así... ¿Qué remedio tenía?

Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos. Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir, el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la atención el seminarista de Lumiacos!

Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones. Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios. Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político, ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.

Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso; lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos; lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de Pieles rojas; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo yankee, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores que no le conocían, era un gran pueblo...

—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso, de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le tiraban de la lengua.

El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista; don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.

Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta risueño, al de Lumiacos:

—Y ¿por qué lo niega usted?

—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para negarlo.