—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.
—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de masones sin religión.
—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?
—Todo el mundo lo sabe.
—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de España, sin que protestara usted.
—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste, cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador, que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.
—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y no á los Estados Unidos con masones también?
—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.
—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran riqueza y su gran prosperidad?
Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos: