—Porque—gritó desaforadamente,—Oportet heresses esse.
—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo jota de latín.
—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco Marcones.—¡Así va ello!
—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?
—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.
El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante. Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del pedantón, con una entrada de las suyas.
—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues dígote que habrá que oirte con paraguas!...
—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo maniatado, pero no vencido.
—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que van á matar moros á hisopadas!
—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque, si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque arriba el vaso, señor teólogo...