—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la mano.
Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también, aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores, la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?
Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.
Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces; y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la lijadura, el padrejón, el paralís y las del arca.
—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de estas buenas y sencillas gentes.
—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su gusto.
En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos sus venerables pedazos!
Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por ejemplo:
—Y ¿qué fué de aquel tío Carrancas, muy devoto, que rezaba por delante el Calvario alrededor de la iglesia?
—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la Silguera... Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos matando el hambre como Dios les da á entender.