—¿Y en qué vino á parar la famosa Murciégala, que era tenida aquí por bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes, hundidos allá dentro!

—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar, quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...

—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el pasaporte.

—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?

—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida capaz de acabar con él.

—¿Cómo acabó entonces?

—De una tunda de órdago que la dieron una noche.

—¿Quién?

—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree que el negocio fuera cosa de entre ellas.

—¿Entre quiénes?